miércoles, 13 de abril de 2011

EL VESTIDO AZUL

Interesante artículo publicado por Miguel Ángel Santos Guerra.

Iniciar una mejora en la vida de una persona, en la historia de una sociedad o en la estructura de una organización es un modo de provocar una serie de mejoras concatenadas. El bien es expansivo, invita amultiplicarse. ¡Cuántas veces se habrá producido en la vida de una profesor este fenómeno multiplicador! Un sabio consejo en una clase, puede producir una cascada de buenas acciones. Un gesto de bondad prende en la mecha que va conectada a otras mechas. Y llegan a provocar un incendio. No siempre somos conscientes de ello, porque no seguimos el rastro del bien. Y porque no es inmediato y visible el contagio.
La semilla de una buena acción, de una lección beneficiosa, de un gesto solidario, se multiplica en cosechas sucesivas. Y parte de los frutos de esas cosechas se convertirán en nuevas semillas. ¿Cuándo se interrumpe este efecto multiplicador? Probablemente nunca.
Hace unos días un exalumno de mis clases de magisterio me dijo que en su clase (es ahora maestro) había repartido un documento y, después de entregarlo a cada uno de sus alumnos y alumnas, pidió que levantasen la mano quienes hubiesen dicho gracias al recibirlo. Y concluyó haciendo algunas sugerencias sobre la importancia de utilizar la fórmula de gratitud en la vida cotidiana. Al contármelo me dijo que fue una réplica exacta de lo que había sucedido en un aula de la Facultad cuando él era mi alumno. Quizás vuelva a repetirse la iniciativa en otras aulas de los futuros maestros que asistieron ese día a la clase. ¿Cuándo se detiene la rueda?
He leído, en un interesante libro de mi amigo argentino Alejandro Castro, titulado “Analfabetismo emocional”, la siguiente historia que ejemplifica de forma clara lo que estoy diciendo. Dice así:
En un pueblo pobre, cercano a una importante ciudad brasileña, vivía una nena muy bonita de seis años que iba a la escuela con el pelo sucio y la ropa descuidada. Su madre no se esmeraba en su arreglo y su maestra de primer grado, día a día, veía apenada el aspecto de la pequeña. ¿Cómo una niña tan bonita y agradable puede venir a la escuela tan desarreglada?, pensaba la maestra.
Un buen día, en el que había cobrado su sueldo, aunque la maestra tenía sus propias necesidades, fue a comprarle a su pequeña alumna un vestido nuevo. Al día siguiente, cuando la niña llegó a la escuela, lo primero que hizo la maestra fue ponerle a su alumna el bonito vestido azul que había comprado.
Cuando la madre vio a su hija llegar a cada con aquel precioso vestido azul, pensó que con aquella ropa nueva su hija no podía andar con el pelo sucio y las uñas descuidadas. Y, a partir de ese día, la bañó diariamente y la peinó con unas preciosas trenzas, con lazos también azules.
Ese mismo fin de semana, el padre le dijo a su mujer:
- Me da vergüenza que nuestra niña sea tan bonita y esté tan bien arreglada viviendo en un lugar que se está cayendo a pedazos. ¿Qué te parece si arreglamos la casa? En los ratos libres voy a pintar las paredes y a arreglar la cerca. Tú, ocúpate del jardín,
Al comienzo de la primavera siguiente, la casa ya se destacaba del resto por su limpieza y pintura y por las floridas plantas que adornaban el jardín de césped verde y recortado. Los vecinos estaban avergonzados de que sus casas se vieran tan descuidadas y, aunque el dinero no sobraba, decidieron mejorarlas con un poco de pintura y mucha creatividad. Y así, poco a poco, el barrio se fue transformando.
Un día, asombrado por el cambio, un vecino de otro pueblo que diariamente pasaba por allí con su coche camino del trabajo en la ciudad, le comentó la metamorfosis de ese barrio a un amigo que trabajaba en el periódico local. El periodista fue hasta allí, sacó fotos, habló con los vecinos e hizo un interesante reportaje sobre el increíble cambio del barrio.
Así, la noticia llegó al alcalde, que pensó que esos vecinos merecían alguna ayuda del municipio y firmó una autorización para la formación de una comisión que estudiase las obras públicas que eran necesarias para ese barrio. Al poco tiempo las cuadrillas municipales pusieron más alumbrado público e instalaron el gas. Y después de unos pocos meses las calles fueron asfaltadas. Al ocurrir todo esto, una línea de micros decidió incluir al barrio en su nuevo recorrido.
No fue intención de la maestra cambiar al vecindario, ni asfaltar el barrio, ni instalar el gas. Pero sin la compra y regalo de su vestido azul nada de esto se hubiera conseguido. Fue ese primer movimiento el que fue activando la motivación de otras personas y colectivos.
Y así sucede en muchas ocasiones. Hay un efecto difusor y multiplicador del bien, que se va extendiendo en círculos cada vez más amplios. Se me dirá que eso mismo sucede con el mal, con los malos ejemplos, con las malas acciones. Es probable. Pero quiero ser optimista y pensar que la fuerza del bien es superior a la del mal. Y que los procesos educativos que cada día se desarrollan en las escuelas de todo el mundo, tendrán una potencia superior a cualquier otra estrategia de multiplicación del mal. Por eso suscribo el pensamiento de Herbert Wells: “La historia de la humanidad es una larga carrera entre la educación y la catástrofe”. Carrera que, con toda seguridad, ganará la educación. Que ganará y que ya está ganando. Es constante, en cada una de las numerosas aulas de la tierra, el regalo de vestidos azules que hacen los maestros a los niños y a las niñas. Vestidos azules que transformarán la vida de las personas y de las sociedades. La educación es, a mi juicio, la revolución pacífica más profunda y más extensa que ha existido en la historia.

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